Nombres cristianos 
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   La tradición cristiana reclamó mucho tiempo en la mayor parte de los lugares el poner a las personas nombre de algún santo como recuerdo de su fe y virtudes.
   Pero en los comienzos del cristianismo "no había santos", sino que se nombraban a las personas según otras variables. Aquellos primeros cristianos eran herederos del judaísmo sobre todo en Oriente y de una cultura y formas roma­nas sobre todo en Occidente. Muchos nombres fueron heredados del Antiguo Testamento, en donde repetidamente se llama a un nacido con nombre simbólico o circunstancial, como dejando constan­cia ante la familia y ante la perso­na de algunos rasgos dignos de ser recordados en el porvenir.
   Pero cuando los cristianos procedían del paganismo, culturalmente griego (helenístico) o romano, lo normal fue asumir los nombres usuales del entorno. Luego los martirios de cristianos suscitaron la admiración de los supervivientes y pasaron a ser usados sus nombres para designar a nuevos cristianos.
    Entre esos nombres los había de diver­sos tipos o significados
    - Unos eran derivados de la mitología pagana: Mercurio, Baco, Apolo (Cor. 16. 12), Hermógenes (Rom. 16. 4); o también de ritos religiosos: Augusto, Auspicio, Augurio, Optato.
    - Los números dieron otros nombres: Primo, Segundo, Primigenio, Secundino, Quarto, Octavio. Y también lo dieron lo colores: Albano, Cándido, Rufo.
    -  Los animales inspiraban otros: Asello, Paloma, León, Tauro, Ursula.
    - La agricultura inspiraba algunos como: Agricia, Armentario, Palmacio. Sobre todo las flores llenaron muchas designaciones: Florencio, Balsamia, Flosculo, Narciso, Rosa, Margarita, Azucena, Cri­santo, Acacio.
    - La milicia o la navegación inspiraban diversos: Emerenciana, Navigia, Pelagio, Seutario, Talasio. Y las toponimias eran numerosas: Afra, Cydno, Galo, Jordano, Macedonio, Mauro, Sabina, Sebastián.
   - Los meses también contaban con interés: Abril, Januario, Juno, Mayo. Y más tarde los días de la semana, entre los que pronto resaltó entre los cristianos el domingo, o día del Señor resucitado…
   - Las cualidades personales definían bastantes nombres: Aristo, Hilario, Modesto, Prudencio, Pacífico, Macario. Y también las condiciones sociales: Servus, Serviliano, Vernáculo.
   - Las figuras públicas famosas suscitaban la emulación en: Cesareo, Cor­nelio, Pompeyo, Ptolo­meo, Virgilio.
    Cuando los cristianos fueron mayoría, los nombres paganos fueron poco a poco sustituidos por otros más "evangélicos":
    - Nombres vinculados a doctrinas: Anastasia, Atanasio, Crisóstomo, Cristóbal, Redencio, Restituto, Domingo.
    - Los hubo vinculados a ritos o fiestas: Epifanio, Eulogio, Natal, Pascasio, Sabbatio, Agape.
    - Las virtudes daban mucho juego a los cristianos: Elpis, Fidenciano, Irene o Ireneo, con su derivados: Adolfo, Agapito, Caritosa.
    - Sentimientos piadosos inspiraban denominaciones como: Adeodato, Am­bro­sio, Benedicto, Deogratias, Buenaventura, Gaudencio, Hilario, Victoria­no, Víctor, Vincencio, Inés, Balbina, Cornelio, Felicidad, Justi­no.
    - Y ni decir tiene que, sobre todo en los ámbitos judíos, los que aparecían en el Viejo Testamento eran frecuentes: Susana, Daniel, Samuel, Isaías, Ezequiel, Moisés, Tobías, José, Jesús, David, Judith, Ruth, Esther.
    - Luego comenzaron a divulgarse los nombres de los Apóstoles, sobre todo los de María, Madre de Jesús, o de las otras figuras apostólicas: Pablo, Pedro, Juan, Santiago, Matías, Marcos, Mateo, Lucas.
    Los nombres de las personas, sobre todo de significación cristiana, se prestan a una buena reflexión hagiográfica o moralizante en determinadas edades, en las que la curiosidad de la mente lleva a buscar significados originales en las formas de usar los lenguajes. El educador puede aprovecharlos para descubrir y ensalzar cualidades imitables o para formular reflexiones convenientes a cada edad o a cada situación.
    En los tiempos actuales, incluso en los ambientes creyentes, se diversifican los modos de denominar a las personas, dejándose con frecuencia arrastrar por las modas más que por las intenciones y los significados. Pero no estará de más recomendar a los padres alguna reflexión e información cuando de imponer un nombre se trata. Negarse a poner el nombre de María del Pilar o María del Henar, para contentarse con Pilar o Henar, es ignorar que se inscribe el nombre de una piedra o del simple heno. Creer que Jéssica es más hermoso que Jesusa es ignorar que en hebreo es también el femenino de Jesua o Jesús. Aplicar nombres religiosos egipcios, como Osiris, Ra o Amon, o grie­gos como Miner­va, Afrodita o Sibila, por las aficiones arqueológicas sobre los egip­cios o literarias acerca de los griegos, es desconocer en parte lo que los hijos serán un día en una sociedad que no será ni egipcia ni grie­ga.